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Facultades 22 DE FEBRERO DEL 2021

[Artículo RPP] Ricardo L. Falla: Las reglas de la mediocridad

Ricardo L. Falla Carrillo
Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Cuanto más hostiles son las circunstancias que se deben enfrentar, más es lo que se espera de aquellos que tienen mayor responsabilidad. De ahí que la debilidad de carácter, en las horas más oscuras, sea censurable y decepcionante.

Releer a Erich Fromm (1900-1980), en estos días, es interesante por muchas razones. Primero, porque en tiempos de colapsos sistémicos, quedan evidenciadas las estructuras más profundas de los comportamientos sociales. Se observan, sin ornamentos, aquello que realmente constituye las vísceras de una sociedad. También, porque en estas circunstancias, cuando “el dolor crece en el mundo a cada rato, /crece a treinta minutos por segundo, paso a paso” (Vallejo, Los nueve monstruos), nos damos cuenta que el mal precisa de cómplices transversales, es decir, en todos los ámbitos.

 

Así, en “El corazón del hombre”, Fromm elaboró una reflexión sobre el ser humano a partir de Hobbes (“el hombre es el lobo del hombre”) y sobre diversos tópicos representativos de la tradición religiosa y cultural judeocristiana, llegando a la conclusión de que somos, al mismo tiempo, “lobos” o “corderos”, victimas o victimarios. Todo cordero requiere a un lobo feroz y ser, al mismo tiempo, un lobo feroz. Sin embargo, más allá de la dialéctica del lobo y del cordero, la posesión de los poderes recae en algunos que son iguales a cualquiera de nosotros. De ahí la célebre frase de este filósofo que ha atravesado el tiempo: “El hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”.

Siguiendo el razonamiento de Fromm, el mal social no se produce, solamente, en la cabeza de los “lobos de arriba”. Si no, se ejecuta en la larga cadena acciones de los “lobos ordinarios”. Un mal estructural que se retroalimenta verticalmente y horizontalmente. Donde es muy difícil determinar la responsabilidad individual del mismo, pues el sistema social despersonalizado, centrado en procesos encadenados de gestión administrativa, obstaculiza establecer la culpabilidad subjetiva del mal.  

Sería interesante recuperar esta idea frommiana para explicar algunos rasgos del comportamiento público contemporáneo. En la medida que la sociedad se construye sobre todo a partir de procesos técnicos, se establecen las reglas tácitas para la mediocridad moral. La conciencia moral se diluye, pues se actúa solo en función de aquello que se puede o no se puede administrativamente. Así, el cumplimiento procesual sustituye a la libertad. Sin conciencia ética, se puede vulnerar cualquier principio moral siempre y cuando no esté tipificado en el manual de funciones y en las interpretaciones técnicas de las mismas.

Muchos de los altos funcionarios, públicos o privados y envueltos en situaciones inmorales, han actuado bajo el amparo de las reglas de la medianía, asumiendo que sus acciones no vulneraban ningún inciso del manual de procedimientos. Por ello, al descubrirse su acción anética, lejos asumir la culpabilidad se refugian en tecnicismo normativos. En este tipo de personajes, ordinarios con poderes extraordinarios, se evidencia un distanciamiento ético-afectivo que, incluso, en una situación de altísima vulnerabilidad y emergencia, pueden ser capaces de las mayores tropelías. Decepcionan, sí. Por eso hay que tener en cuenta mayores elementos de análisis, siempre.

 

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