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Facultades 13 DE ENERO DEL 2021

[Artículo RPP] Ricardo L. Falla: En la fragilidad integral

Ricardo L. Falla Carrillo
Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

 

Semana tras semana, más muestras. La fragilidad extrema, la que proviene de nuestro desorden integral, nos adentra a situaciones de crisis desconocidas.

La anarquía evidencia debilidad institucional. Y la debilidad institucional proviene de la fragilidad de la estructura social y cultural. Por ello, nuestra crisis actual, no solo es una crisis de gobierno o de régimen. Es, sobre todo, una crisis de sentido, en la medida que se han diluido, de forma dramática, las posibilidades de construir objetivos comunes.

Es la crisis de una manera de vivir y de ser.  Que tiene su origen, entre otras cosas, en haber asumido, de manera irresponsable, que las complejas relaciones sociales y culturales de un país como el Perú, podrían resolverse por si solas si se mantenía el “piloto automático” y si se realizaban pequeños retoques asistenciales, que maquillaban los enormes conflictos que el Perú guardaba en su interior, desde hace mucho tiempo.

Que se trata de una crisis ética, es algo que ya muchos han señalado frecuentemente. Pero, no es la única de nuestras miserias. Junto a la gravedad del problema moral, nos encontramos con una descontrolada crisis de capacidades cognitivas, las que tienen que ver con las competencias para pensar, ubicar problemas y determinar soluciones acertadas a esas dificultades. Pues, desde hace décadas, hemos venido descapilazando a la mayor riqueza de nuestro país: la formación intelectual, educativa, académica de sus ciudadanos. 

La unión de estas dos crisis sistémicas, la moral y la intelectual, se han destapado en la medida que el “piloto automático” dejó de funcionar “gracias” a la Covid-19. Y lo único que articulaba al Perú contemporáneo – una relativa economía de mercado- no podía marchar como había lo había hecho por tres décadas. Así, la pandemia mostró nuestra fragilidad integral, la flaqueza de nuestras instituciones, la carencia de un estado social y la ausencia de cuadros de gobierno y de gestión en diversos ámbitos.

Mientras más frágil y endeble es nuestra institucionalidad, los grupos antipolíticos en conflicto se muestran más desmesurados, e incapacitados de tener una visión integral de país. Asistimos al desenfreno de los ensimismamientos, de la ambiciones más básicas y primarias y al desfile de las propuestas más estrambóticas. Lejos del menor principio de realidad, en medio de unas mayores crisis socioeconómicas del Perú, las catervas beligerantes, socavan los ya endebles cimientos de nuestro país. ¿Qué se busca? ¿A dónde nos quieren conducir?

Como república bicentenaria ya hemos vivido varios periodos de anarquía, los más recordados, los que se dieron entre 1841 y 1845, entre 1884 y 1885 y entre 1931 y 1933.  De cada uno de ellos logramos salir después de graves conflictos entre peruanos. Lo inédito de esta actual crisis peruana, es que acontece dentro del contexto de una grave inestabilidad global, la “era del desorden”, que se caracteriza por el colapso social y cultural pandémico y por la manifestación abierta de variados discursos de intolerancia y de furia multidireccional.

¿Qué hacer? Evitar por todos los medios justos el paso hacia la anarquía que, en ausencia de referentes vinculantes, cree las condiciones para que el conflicto devenga en violencia. Una violencia desencantada, nihilista y generalizada en la que todos tendríamos mucho que perder. Asimismo, recordemos, que en ausencia de un poder consensuado y en la fragilidad anárquica integral, siempre está el riesgo que se erija un poderío totalizante que garantice orden a cualquier precio. Esperemos que, ello, no llegue a ocurrir.

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