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Posgrado 12 DE JUNIO DEL 2018

[Artículo] Los conflictos sociales como objeto de conocimiento

Cesar Bedoya García
Docente del Diplomado en Transformación de Conflictos Sociales en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Gerente de la línea de gobernabilidad para Colombia y Perú, del Programa CISAL de la Federación Canadiense de Municipalidades.

 

      Intentaré hilvanar, casi de manera testimonial, algunas ideas sobre la construcción de conocimiento alrededor de los conflictos sociales en el Perú y cómo esta se fue dando al ritmo de las circunstancias, tratando de adaptar propuestas teóricas y metodológicas existentes con la demanda que la realidad empezaba a exigir.

La conflictividad social en el Perú hace un buen tiempo se ha convertido en un particular objeto de conocimiento abordado desde distintas ciencias y enfoques. En los últimos años, la bibliografía ha ido incrementándose de manera significativa, sin considerar las tesis e informes de consultoría que también suman un número importante. Si en la década de 1990 se acuñó la noción de “senderólogo” para los que se dedicaron al estudio del fenómeno del conflicto armado interno, luego de mediados del 2000, se empezó a hablar de “conflictólogos” en referencia a los estudiosos del tema y a los que intervenían como negociadores, mediadores, facilitadores o ejerciendo otros roles en los espacios de diálogo o interacción abiertos a sazón de los propios conflictos.

Me atrevo a decir que el trabajo alrededor de los conflictos sociales ha ido especializándose y decantando cada vez más. Para los que nos iniciamos en el tema cuando empezaban a identificarse; por ejemplo, los primeros hechos contenciosos entre la actividad minera y sus entornos sociales, hechos que luego adquieren el nombre de “conflictos socioambientales”, los marcos teóricos y los marcos de acción eran generales y poco acotados a nuestra realidad, nada contextualizados. Había que trabajar con ellos adaptándolos de manera muy creativa. Estos enfoques provenían básicamente de la sociología, la psicología, algo de la ciencia política y otro tanto de la teorización realizada por los dedicados al campo de la negociación de tradición anglosajona. Cabe considerar que desde estas disciplinas los conceptos venían orientados fundamentalmente para tratar de comprender la conducta contenciosa de los actores, así como las condiciones estructurales que las determinaban; con un mayor grado de sofisticación que, para unas décadas atrás, establecían formulaciones teóricas como el marxismo y sus evoluciones posteriores.

No cabe duda que esto ha ido cambiando a lo largo de los años y podemos decir, sin pecar de audaces, que ahora contamos con marcos conceptuales y de acción, más acotados, más adaptados a nuestra realidad, con una mayor potencia analítica y comprehensiva. La práctica nos lo ha exigido y ha habido un trabajo cada vez más disciplinado de apropiación y adecuación a nuestros contextos. De hecho es una labor que debe continuar, pero a estas alturas el piso es totalmente distinto. Ahora hay una integración más elaborada entre la teoría y la práctica. Hace unos años atrás, la teoría general iba por un lado y su aterrizaje hacia la acción por otro. Ahora, por ejemplo, el encuentro entre, por decir, el enfoque transformativo de conflictos se acopla de mejor manera con los procesos de negociación multiactor. Antes uno contaba con una concepción más estructural de los conflictos y de otro lado, con herramientas proveídas por esquemas de negociación como el  de la Escuela de Harvard. Hacer jugar estos marcos era, por decir lo menos, una acción bastante imaginativa, audaz y creativa.

Si de pronto, haciendo memoria, debo dar cuenta de los textos iniciales que podría decir fueron los de mi cabecera particular serían: “Sí de acuerdo” de Ury, Fischer y Patton; “Cómo analizar conflictos” de Josep Redorta; “La imaginación moral” de John Paul Lederach y, “Cómo resolver problemas complejos” de Adam Kahane. Personalmente empecé con aquellos libros a los que fui sumando en el camino, leyéndolos y tratando de aplicarlos en cada caso. Pienso que en el trabajo del día a día, mediando, asistiendo en negociaciones y facilitando procesos multiactor, la práctica retroalimentó los conceptos e ideas asimiladas poniéndoles el color local y, por supuesto, enriqueciendo la reflexión en torno a ellos. De hecho, pasar de posiciones a intereses, en su momento, fue una gran novedad y aporte; atender lo estructural, cultural, relacional y personal, sumó profundidad en el análisis y abordaje. Buscar pasar de “resolver” conflictos a “transformarlos” fue una evolución conceptual trascendente.

En estos momentos contamos con una compleja institucionalidad para abordar conflictos desde el Estado. Con sus matices, se puede decir que casi todos comparten al menos conceptos generales para entender el conflicto (hecho social complejo inherente a la interacción humana), comparten metodologías de abordaje a través del análisis, protocolos y técnicas de intervención. Del lado privado también, tanto a nivel de las propias empresas como de organizaciones de sociedad civil. Hay que conversar más, reflexionar colectivamente, seguir afinando nuestras miradas y enfoques respecto a los conflictos.  

En este punto, exceptuándose de posturas mezquinas, puedo decir que ha habido una evolución interesante que cabría investigar con mayor profundidad, buscando dar cuenta sobre la manera cómo esta se ha dado y qué retos siguen pendientes. Todo ello sumaría en la manera cómo en el país fuimos aprendiendo a abordar los conflictos de modo que se deje de pensar que estos desaparecerán o dejarán de existir, para dar paso a un criterio un poco más abierto respecto a considerarlos como una variable importante en la construcción de una gobernabilidad democrática cada vez más inclusiva y sostenible.