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15 junio, 2018

[Artículo] El feminicida y la feminazi

       Fue en Ayacucho, lugar y escenario de las escenas más trágicas de nuestra historia. Y aunque no fuera la década de 1980, sino 2015, una mujer volvía a correr tratando de salvar la vida. Tras ella se precipitaba Adriano Pozo, desnudo y furioso, decidido a regresarla al cuarto de hotel donde, minutos antes, había intentado violarla y estrangularla. La encontró refugiada en la recepción y la hizo regresar a rastras y de los pelos, no una sino tres veces, antes de que la chica consiguiera encerrarse en un almacén. Él fue controlado por tres trabajadores del hotel mientras llegaba el serenazgo, pero por poco tiempo pues con gran habilidad, los convenció de que lo soltaran: habló, rió, los abrazó y juró que era inofensivo. Sellaron la simpatía con un apretón de manos, habitual, normal, como si no hubieran notado que Adriano estaba, todo el tiempo, completamente desnudo.

Era elocuente, pues, esa exhibición de poder. Enseguida consiguió las llaves del almacén y se dirigió a abrir la puerta. Fue apenas suerte que las llaves no abrieran. Confiado en su alianza, Adriano regresa un instante a su cuarto y uno de los trabajadores del hotel, ético, empático, aprovecha para dejar huir a Arlette. En la calle, el serenazgo está grabando y capta su voz aterrorizada. Cuando Adriano regresa, la jala a vista de todos y ella se resiste suplicando ayuda. Parsimoniosos, los agentes varones no intervienen sino que buscan convencerlo mientras él les extiende la mano para establecer otra alianza. En esa negociación, incomprensible porque no habría nada que negociar, Adriano repite insistente otro gesto de profunda desinhibición y poder: se abre y se cierra la toalla que ahora lo recubre parcialmente, mientras niega que haya habido agresión física. Arlette Contreras tiene los vasos sanguíneos de los ojos reventados por la presión del estrangulamiento.

La indignación social llegaría un año después, cuando a pesar de las pruebas, Adriano Pozo fue absuelto de toda responsabilidad. Una pregunta surgió entonces, inevitable: ¿qué tendría que haber pasado para que fuera condenado? La respuesta cayó de madura: matarla.

Para que sepan todos que tú me perteneces

Aquél día, en el hotel de Huamanga, Adriano Pozo se había roto la camisa enseñándole el pecho a Arlette Contreras y sobre ella le había anunciado que “le haría el amor”. Ante el forcejeo y negativa de la chica, este se corrigió: “entonces te voy a violar”. ¿Cómo así se pasa del amor a la violación en un instante? ¿De qué manera la violencia del macho, que sale de forma radical, extrema, se produciría por amor

 

Lea el artículo completo en la Revista Ideele N° 280

 

Sobre el autor:

Ana María Guerrero

Docente de la Escuela de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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