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10 mayo, 2019

[Artículo RPP] El conflicto en la convivencia democrática

         Al inicio de los tiempos, habitaba el primer ser humano sobre la tierra, que en su soledad trataba de organizar sus actividades cotidianas, se defendía de los peligros, tomaba decisiones consigo mismo: buscaba sobrevivir. Una mañana apareció alguien como él, y poco a poco ambos empezaron a disfrutar placenteramente el transcurrir del tiempo, realizar actividades acompañados y enfrentar ese ambiente inhóspito que los rodeaba. Un día cualquiera surgió un problema que sin darse mucha cuenta escaló hacia un conflicto. No sabían qué hacer, era algo totalmente desconocido que les despertaba distintas emociones y sentimientos. Durante el tiempo que vivieron solos no habían enfrentado algo parecido. Se sucedieron los días, las semanas y aquellos momentos placenteros se desvanecieron y la convivencia fue resultando poco agradable. De pronto decidieron utilizar la palabra y expresar sus sentimientos, ambos aludieron sentir un “nudo en la garganta”, recordaron los momentos de dicha juntos, el momento en el cual surgió ese problema y los incidentes que fueron generando que la distancia apareciera. Luego de varias horas y días tratando de entenderse, pudieron acordar tres reglas para asegurar la convivencia: hablar sin ofender, escuchar con atención y atender con el corazón. Pasó una semana y surgió otro problema, pero esta vez recordaron las reglas que ambos habían acordado días atrás. 

La convivencia puede ser placentera pero también es retadora. Para no aniquilarnos los unos a otros debemos adquirir e internalizar diferentes habilidades, reglas, normas y valores sociales. Este es un proceso abierto que dura toda la vida y solo es posible en la interacción, en la que se generan problemas que pueden derivar fácilmente en conflictos y violencia. El conflicto es un hecho natural, y si aceptamos que lo es, tendríamos, en consecuencia, generar acuerdos de coexistencia y revisarlos cada cierto tiempo a la luz de los cambios.  

Si examinamos cómo anda la conflictividad social en el Perú –que involucran al Estado, sociedad civil y las empresas– el primer trimestre del 2019, estos han vuelto a captar la atención de la opinión pública y sobre todo colocar en la mira el esfuerzo que viene realizando el presente gobierno en esta materia. La presión, opiniones y críticas de diversos sectores no se han hecho esperar. Si bien, su accionar pone en el centro del debate los retos pendientes que se tienen para el abordaje oportuno y constructivo de los conflictos en el país, estos no dependen únicamente de los que están al frente del gobierno, nos involucra a todas y todos como ciudadanos de esta nación.

Por citar dos ejemplos, lo acontecido en Loreto, que involucró a la comunidad nativa de Mayuriaga, Estado y Petroperú; y en Apurímac, a la comunidad campesina de Fuerabamba, el Estado y la empresa minera las Bambas. Los conflictos nos están diciendo que se necesitan cambios y reformas sustantivas. De estos dos casos deberíamos extraer importantes lecciones para mirar con atención cómo se ha estado respondiendo a los asuntos de fondo detrás de los conflictos; repensar cómo las empresas se relacionan con su área de influencia y cómo asumen su responsabilidad frente a los impactos que generan; los mecanismos que utilizan los actores sociales para canalizar sus demandas; las dificultades que enfrentan las partes para establecer un diálogo genuino, intercultural y sostenible; los retos que persisten en materia de institucionalidad para el abordaje de conflictos, por enumerar algunos.

Lea el artículo completo en la revista Ideele N°. 285

Sobre el autor:

Liz Puma

Coordinadora del Diplomado en transformación de conflictos sociales en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya

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