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27 septiembre, 2022

[Artículo Ideele] Ernesto Ráez: Nuestra inseguridad alimentaria de cada día

La buena alimentación es una de las necesidades imperativas de todo animal, como es el ser humano; y consumir buenos alimentos es una de las alegrías de la vida. En el Perú, nos enorgullece la buena sazón y la creatividad de nuestra cocina, que nos han convertido en un destino gastronómico mundial. Pero detrás de la fanfarria y el lucro se oculta una verdad incómoda: En el Perú se pasa hambre y casi todas las personas nos alimentamos mal.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable, ya sea porque no hay alimentos disponibles o por falta de recursos para obtenerlos. La seguridad alimentaria, lógicamente, es una situación ideal que consiste en gozar de un acceso regular a alimentos, en calidad y cantidad adecuadas. La inseguridad alimentaria, sin embargo, no es una variable binaria, que se pueda expresar como “todo o nada”. La FAO reconoce cuatro grados de inseguridad de creciente severidad. Esta es leve cuando experimentamos incertidumbre acerca de nuestra capacidad de obtener alimentos de manera regular, es peor cuando la calidad y variedad de los alimentos que podemos obtener se ven comprometidas, se agudiza si tenemos que reducir la cantidad de los alimentos que consumimos o si saltamos comidas contra nuestra voluntad y es grave cuando no logramos alimentarnos por un día o más, varias veces en un año, y pasamos hambre. Esto puede llevar a la desnutrición: la carencia fisiológica de materia y energía suficientes para crecer, desarrollarnos, renovar nuestros órganos y tejidos, realizar esfuerzos físicos y mentales, evitar o superar lesiones y enfermedades y recuperarnos de las mismas.

La desnutrición constituye un riesgo mayor durante la primera infancia, cuando nuestro cuerpo necesita crecer y madurar sin demora. Los “mil días críticos para la vida” incluyen el embarazo y los primeros dos años de vida, cuando se produce el desarrollo físico fundamental, especialmente cerebral. Es importante saber que podemos sufrir inseguridad alimentaria desde el desarrollo fetal. Cuando los primeros mil días transcurren con carencias, habrá problemas de salud y capacidad intelectual el resto de la vida.

La desnutrición infantil no responde a cifras absolutas, porque los distintos grupos humanos se desarrollan físicamente bajo ritmos y magnitudes diferentes, de modo que es mejor establecer referentes con base en la población local saludable y no guiarse por expectativas foráneas. La desnutrición infantil es crónica cuando hay un retraso en el crecimiento (la niña o el niño son muy pequeños para su edad), lo que indica carencias nutricionales prolongadas. Es aguda y moderada cuando el peso es menor a lo que corresponde para la altura; y es aguda y grave cuando el peso es mucho menor al estándar de referencia. Esta condición requiere intervención médica urgente: el riesgo de muerte para un niño con desnutrición aguda grave es nueve veces mayor que para un niño en condiciones normales. Por otro lado, la carencia de vitaminas y minerales, que podemos experimentar en cualquier momento de la vida; pero que afecta sobre todo a los adolescentes y las mujeres en edad fértil, se expresa como fatiga, sueño, apatía, dificultad para aprender y defensas inmunitarias bajas. Como vemos, la inseguridad alimentaria es multidimensional y puede atacarnos sutilmente. Sus efectos suelen ser confundidos con torpeza o pereza.

Sin embargo, para demasiadas personas en el mundo, la inseguridad alimentaria es una experiencia angustiosa. La desnutrición se redujo durante los primeros años de este siglo; pero ha repuntado a partir de 2018. A 2021, se estimó que entre 828 y 709.1 millones de personas sufrían de desnutrición. Ello significa que, actualmente, una de cada diez personas pasa hambre. Considerando que la pérdida y el desperdicio de alimentos alcanza a ser un tercio de la producción global, que alguien pase hambre en el mundo resulta obsceno. Todos los años, los consumidores de los países ricos echan a la basura casi la misma cantidad de alimentos que produce toda el África subsahariana.

Ahí no acaba el problema. La alimentación, siendo un derecho y una necesidad fundamentales, ha sido convertida en un negocio y se ha redefinido como una experiencia suntuaria. Cada vez más personas –inducidas por la propaganda comercial y la angustia de vivir– se vuelven adictas al consumo de dulces, grasas, harinas y comestibles ultraprocesados, como “snacks” y bebidas gaseosas. Además, en las ciudades, donde hoy vivimos seis de cada diez seres humanos, realizamos cada vez menos esfuerzo físico. El sobrepeso y la obesidad son pandemias escondidas que las empresas y los gobiernos tienen mucho interés en no advertir. Las personas adultas rechonchas y obesas suman hoy 1,900 millones, más del doble que las personas hambrientas. El sobrepeso erosiona las articulaciones, entorpece los movimientos, sobrecarga al corazón, nos hace sudar más y propicia accidentes y lesiones. A ello se suma el infame estigma estético-moral impuesto a la gordura, empleado sobre todo contra las mujeres. En consecuencia, la insatisfacción con nuestros propios cuerpos, el sentimiento crónico de culpa, la diabetes y los desórdenes circulatorios se han hecho comunes y normales. Tanto, que el ataque cardiaco y el accidente cerebrovascular (que responden a la ansiedad, el sobrepeso y la contaminación del aire) son las dos causas principales de muerte en el mundo.

En el Perú, los contrastes nutricionales son tan generalizados como abismales. Más de uno de cada diez niños menores de cinco años (11.5%) sufre desnutrición crónica; pero el flagelo alcanza a uno de cada cuatro en la población rural. Dos de cada cinco menores de tres años tienen anemia (uno de cada dos en el ámbito rural). Casi todas las mujeres peruanas sufren deficiencia de hierro. Tres de cada cinco hombres adultos y dos de cada tres mujeres adultas presentan sobrepeso u obesidad. No es ninguna sorpresa que el 45.1% de los hombres y el 83.2% de las mujeres presenten riesgo de enfermedad cardiovascular alto o muy alto.

Pero la inseguridad alimentaria en el Perú, que no tiene nada que ver con el precio de la urea, no se limita a la falta o el exceso de comida. Justamente quienes llevamos dietas balanceadas y consumimos diariamente frutas y verduras nos exponemos a un envenenamiento gradual y subrepticio. Las frutas, hortalizas y animales de granja se cultivan y crían en el Perú con masivo abuso de agroquímicos: abonos industriales, pesticidas y antibióticos veterinarios. Los productores favorecen los agroquímicos más tóxicos y de amplio espectro, que son paradójicamente los más baratos. Además de causar ecosistemas y familias agrícolas envenenados, esta práctica incorpora residuos ponzoñosos en los propios productos.

El hábito aprendido de preferir frutas y verduras sin una sola mella (perfectas para la foto) lleva a los productores a fumigar los cultivos obsesivamente, hasta el último minuto, violando el periodo de carencia que debe imperar antes de la cosecha. Y acabamos comiendo, como Blanca Nieves, manzanas envenenadas. Un estudio de 2021 del Servicio Nacional de Sanidad Agraria (SENASA), detectó niveles excesivos de contaminantes en el 26.5% de 3,762 muestras recogidas en todo el país. Prácticamente todo el pimiento (87.36%) y el ají amarillo (81.25%) mostraron residuos de contaminantes químicos. También tres de cada cuatro tomates (77.4%) y dos de cada cinco manzanas y brócolis. Se encontró incluso tres pesticidas prohibidos por su toxicidad: methamidophos, monocrotophos y chlordecone, especialmente en las uvas. Las aguas de riego tampoco se salvan. Haciendo honor al motete “Perú país minero”, una de cada diez muestras (10.86%) contenía metales pesados, y una de cada cinco (22.56%) contenía contaminantes bacterianos.

Contra lo que uno esperaría, el SENASA ha sido notoriamente moroso en extirpar los agroquímicos más venenosos y mantiene un perfil bajo efectivamente cómplice. Tampoco las municipalidades vigilan la calidad de los alimentos frescos, aunque les corresponde. Y no sabemos de ninguna advertencia emanada de la autoridad de defensa del consumidor, Indecopi. Así, todas las familias peruanas, pobres y ricos, vivimos expuestos a una carga tóxica que nos acompaña prácticamente desde que nacemos, y que se manifiesta años después en la vida, en forma de alergias incomprensibles, malestares fantasmas y ominoso cáncer.

La carga de metales pesados en los alimentos frescos es gravísima: El plomo produce retrasos permanentes en el desarrollo intelectual; mientras que el mercurio se acumula en el cuerpo, afectando la capacidad de aprendizaje, provocando irritabilidad y erosionando la motricidad fina. Lamentablemente, uno no lleva a su hijo al médico porque fracasa en la escuela y los accidentes de trabajo no conducen a buscar contaminantes, de modo que los perjuicios de los metales pesados pasan mayormente inadvertidos. En Madre de Dios, donde pulula la minería aurífera, la población indígena –cuya principal proteína es el pescado–, presenta niveles estratosféricos de mercurio; especialmente los niños y las mujeres en edad fértil. Son las víctimas silenciosas de la minería devastadora y criminal.

La inseguridad alimentaria, nuestra inocente exposición al hambre, la sobrealimentación y la comida envenenada, es un problema estructural, universal y activamente oculto en el Perú. Es hora de librarnos de este mal sistema.

Artículo Publicado en Revista Ideele N°305

Sobre el autor:

Ernesto F. Ráez Luna

Docente de la Escuela de Economía y Gestión Ambiental de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. 

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