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25 julio, 2022

[Artículo – Meditamundo] Ramiro Escobar: El calor y la insensatez

“Es muy grave lo que está ocurriendo. […] porque la ceguera de varios líderes políticos es prácticamente incendiaria”

 

Que en Londres haya habido, en los últimos días, 40 grados de temperatura no es precisamente una señal del Infierno, pero sí del Purgatorio de nuestras culpas ambientales. Nunca se había registrado tal bochorno, desde que el clima se puede medir. Y, como comenta con ironía histórica Javier Sampedro en El País, ni siquiera la reina Isabel II lo había sentido.

Algo similar ocurre en Italia, Bélgica, Portugal o España, donde se están calcinando miles de hectáreas de bosque, en algunos casos por la acción de manos malvadas y pirómanas, pero en otros porque el calor no tiene piedad con arbusto alguno. Asia y África no son ajenas a este horno: según la NASA, el 13 de julio pasado Túnez (capital) registro 48 insoportables grados Celsius.

En algunas zonas de Irán, de acuerdo al mismo organismo, se alcanzaron los 52 grados, esos sí casi infernales. Para más pruebas de espanto, hacia las dos de la tarde del viernes 15 de julio, en el barrio madrileño de Vallecas, el barrendero José Antonio González se desplomó por un golpe de calor en plena vía pública. Su temperatura corporal era de 41 grados y poco después falleció.

Supongo que con estas noticias los escépticos del cambio climático, o quienes suelen llamar a los activistas ambientales “alarmistas” (o los y las que viven como si la Tierra fuera la de siempre), habrán puesto las neuronas en remojo. Lo supongo, pero lo dudo tristemente. Porque a pesar de estos dramáticos indicios, y el clamor de muchos científicos, las cabezas duras están allí.

El grupo de ultraderecha VOX acaba de lanzar un informe donde ataca, en tono de cruzada, a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU porque tendrían “un tufo a comunismo y a expropiación bastante detectable”. Y acá en nuestro Congreso, en medio del tumulto por las gollerías parlamentarias aprobadas, se ha fondeado otra vez el Acuerdo de Escazú.

En otras palabras: mientras el planeta comienza a incendiarse y provoca la muerte de personas, y la desaparición de árboles en masa; mientras Londres se tropicaliza temporalmente como en una película de horror, una parte de la clase política mundial se consume en su propia necedad. Si Dante Alighieri volviera a escribir la Divina Comedia ya no tendría un sitio para meterlos.

El Acuerdo de Escazú, que los tibios congresistas han ninguneado nuevamente, no solo haría más eficaces nuestras políticas ambientales. También salvaría vidas, especialmente de líderes indígenas que se juegan la piel y su existencia para evitar la destrucción de la Amazonía, ese ecosistema que, en estas circunstancias calientes, nos salva un poco y a la vez corre riesgos.

No porque sea el “pulmón del planeta”, como muchos repiten sin explicarse por qué. Se trata, más bien, de un enorme sumidero de carbono —menos grande que el mar, pero muy importante— que amortiguaría el calentamiento global, el fenómeno que está causando estas amenazantes locuras climáticas. Y que además regular el clima, produce lluvias y alberga biodiversidad.

Por añadidura, es hermosísima, algo que no parece entrar en el chip de los negacionistas climáticos o ambientales, que de pronto le encuentran más gusto a hacer picnic en un mall. Es muy grave lo que está ocurriendo. Porque los signos de la crisis climática comienzan a aparecer con más intensidad y porque la ceguera de varios líderes políticos es prácticamente incendiaria.

Aún andan y hacen política Trump, Bolsonaro, o Putin, otro escéptico de la tragedia climática en curso. La pospandemia y la guerra en Ucrania agravan las cosas, porque tras la remisión de los contagios volvimos con todo a dejar hondas huellas ecológicas, y porque la crisis del petróleo ha hecho que la transición hacia energías más renovables no se distinga en el fondo del túnel.

¿Tenemos salida o nuestro destino final es un infierno de escasez de recursos y abundancia de insensatez?

Publicado en La República el 22/07/2022

Sobre el autor:

Ramiro Escobar

Docente de Relaciones Internacionales de la carrera de Ciencia Política (CIPO) de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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