Frecuentemente reducido a una anomalía o a un mero artificio demagógico, el fenómeno populista suele ser desdeñado por el análisis político convencional. En esta obra fundamental, Ernesto Laclau desmontó aquellos prejuicios y propuso entenderlo no como una aberración ideológica, sino como la lógica misma mediante la cual se construye y articula lo político en las sociedades modernas.
Ernesto Laclau: itinerario del pensador de la «hegemonía»
Nacido en Argentina en 1935 y fallecido en 2014, Ernesto Laclau transitó desde la militancia política en el Buenos Aires de los años sesenta hacia las cumbres de la teoría política contemporánea. Su formación inicial como historiador en la Universidad de Buenos Aires se enriqueció tras radicarse en el Reino Unido a fines de esa década, donde, bajo el estímulo de Eric Hobsbawm, recaló en la Universidad de Essex. En esta casa de estudios consolidó un célebre programa doctoral en ideología y análisis del discurso, que formó a generaciones de cientistas sociales en todo el mundo.
Junto a la filósofa belga Chantal Mouffe, Laclau remeció las ciencias sociales en 1985 con la publicación de Hegemonía y estrategia socialista. Aquella obra fundacional inauguró el posmarxismo, una perspectiva que cuestionó el reduccionismo económico del marxismo clásico mediante herramientas provenientes de la lingüística posestructuralista y el psicoanálisis. A lo largo de su trayectoria intelectual, su reflexión giró en torno a una interrogante capital: cómo se gestan las identidades colectivas y por qué vías los órdenes de poder se afianzan o se disuelven. La razón populista (2005) representó la culminación madura, sistemática y más ambiciosa de ese recorrido vital y académico.
El rescate teórico: de la masa irracional a la lógica de la articulación
Laclau inicia su libro confrontando una arraigada tradición del pensamiento decimonónico que relegó las movilizaciones populares al ámbito de lo mórbido o lo irracional. Teóricos como Gustave Le Bon y Scipio Sighele describieron a las masas como el eclipse del juicio reflexivo individual, reduciendo su comportamiento al contagio anímico, la histeria y la manipulación de caudillos. Para el autor argentino, la sociología y la politología heredaron ese prejuicio, despachando al populismo como pura retórica engañosa, síntoma de inmadurez cívica o defecto de sociedades poco institucionales.
Frente a esa mirada peyorativa, Laclau propone una relectura radical: la base de la vida social no es el individuo aislado ni el grupo homogéneo prefijado, sino la demanda ciudadana insatisfecha. Cuando un conjunto de reclamos concretos —empleo, justicia, servicios básicos— topa con la indiferencia del aparato institucional, estas peticiones aisladas dejan de navegar por separado. Los vecinos descubren que comparten la misma desatención estatal, trenzando una cadena solidaria de equivalencias. Así, las demandas ya no valen solo por su causa particular, sino porque condensan un malestar frente a una élite sorda. Nace entonces una frontera interna que quiebra la comunidad: «los de abajo» frente «al poder»; los sectores marginados (plebs) proclamando ser el verdadero cuerpo de la nación (populus). El populismo, lejos de reducirse a una receta programática fija, se revela como la manera en que se construye y renueva la política misma.
La nominación, el afecto y la vitalidad democrática
El tramo medular de la obra aborda cómo esa constelación de reclamos heterogéneos llega a plasmarse en una identidad unificada. Laclau advierte que no existe un enlace lógico natural que amalgame problemas tan dispares; la convergencia exige un acto político de nombramiento. Una palabra, un anhelo o el nombre de un referente carismático pasa a sintetizar la totalidad de los agravios, funcionando como un «significante vacío». Términos como «dignidad», «cambio» o «justicia» pierden su definición técnica y se ensanchan deliberadamente para que en ellos quepan las esperanzas de múltiples sectores postergados.
Acudiendo al psicoanálisis de Sigmund Freud y Jacques Lacan, Laclau sostiene que el vínculo social es ineludiblemente afectivo y pasional: no existe comunidad política sin investidura emocional ni compromiso subjetivo. Para que una propuesta aglutine voluntades, requiere encarnarse en un símbolo dotado de fuerza simbólica. Por ello, la relativa vaguedad de los discursos populares no delata ignorancia o atraso, sino que es el requisito que permite a grupos diversos marchar juntos bajo una misma bandera común.
La razón populista no es una celebración acrítica de estos procesos, sino una advertencia filosófica lúcida: cuando los canales institucionales se vuelven tecnocráticos y dan la espalda al dolor de la ciudadanía, la ruptura populista resurge como el recurso inevitable que devuelve el conflicto, la pasión y la soberanía al corazón del espacio público.
Sobre el autor:
Ricardo L. Falla Carrillo
Profesor asociado a tiempo completo del Departamento de Filosofía y Teología de la UARM.