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19 octubre, 2026

[Artículo Ricardo Falla Carrillo] Clásicos contemporáneos: El poder y el valor

Frente al desencanto democrático y la reducción de la política a una simple disputa por la gestión del mando, el pensamiento de Luis Villoro adquiere una renovada urgencia. Publicada a finales del siglo XX, El poder y el valor constituye un clásico contemporáneo imprescindible que interroga la fractura entre eficacia instrumental y sentido moral. Revisitar sus tesis permite rescatar la justicia desde la experiencia del agravio y proyectar una convivencia fundada en el reconocimiento mutuo y el bien común.

Hacia finales del siglo XX, en 1997, el filósofo hispanomexicano Luis Villoro (1922-2014) publicó una de las obras más lúcidas, rigurosas y vigentes del pensamiento iberoamericano: El poder y el valor. Fundamentos de una ética política. Lejos de la abstracción ensimismada o de la proclama coyuntural, el libro se propuso examinar una de las fracturas más agudas de la modernidad: la escisión entre la lógica instrumental del mando y los fines éticos que justifican la vida en comunidad. En tiempos de desencanto democrático, polarización estridente y burocracias tecnocráticas, volver a las páginas de Villoro no constituye un simple ejercicio erudito, sino una necesidad cívica para repensar los cimientos de la convivencia pública.

La tensión originaria: eficacia y sentido

El punto de partida de esta reflexión es la constatación de un conflicto estructural. Por un lado, la política opera bajo la órbita del poder: requiere fuerza, organización, cálculo de correlaciones e instituciones capaces de imponer orden y garantizar estabilidad. Por el otro, el ser humano orienta sus actos en función de valores, entendidos no como entelequias etéreas, sino como aquello que alivia una carencia fundamental y dota de sentido a la existencia personal y colectiva.

La tragedia del pensamiento político moderno advierte Villoro, ha consistido en divorciar ambas esferas. Cuando el poder se repliega sobre sí mismo, deviene en dominación ciega y mera técnica de conservación; la política queda reducida a una descarnada contienda entre facciones que persiguen el control de los recursos. En cambio, cuando el valor se desentiende de las condiciones fácticas de la realidad material, degenera en utopismo impotente, incapaz de transformar las condiciones materiales de vida. El reto central de la ética política radica en soldar esa herida: el poder debe subordinarse al valor para ser legítimo, y el valor precisa de mediaciones institucionales eficaces para no quedar en mero testimonio moral.

La vía negativa y el reclamo de la justicia

Una de las contribuciones más fecundas de El poder y el valor es su aproximación a la justicia desde lo que Villoro denominó la "vía negativa". A diferencia de ciertas corrientes de la filosofía anglosajona que conciben modelos ideales de justicia a partir de deliberaciones hipotéticas entre agentes abstractos, Villoro sitúa el impulso ético en la experiencia concreta de la injusticia. No descubrimos la justicia leyendo tratados normativos, sino experimentando el agravio, la exclusión o la marginación. Es el daño real infligido a un sujeto o a un colectivo el que enciende la conciencia crítica y desata la exigencia de reparación. Quien padece la privación es quien con mayor fuerza vislumbra el valor que falta. Por ende, la verdadera universalidad de una propuesta política no se decreta desde las alturas del poder ni mediante consensos formales de élite; se conquista escuchando a quienes han quedado al margen del pacto social. Esta perspectiva grounded y encarnada enlaza de forma directa con la realidad histórica de nuestras sociedades latinoamericanas, atravesadas por asimetrías seculares donde la ley muchas veces ha fungido como instrumento de dominación más que de equidad.

Hacia una comunidad de pueblos y personas

En su tramo resolutivo, la obra traza el tránsito desde la asociación puramente instrumental hacia la genuina comunidad. Si el Estado moderno se edificó sobre la ficción de individuos aislados que pactan para resguardar intereses particulares, Villoro postula la necesidad de refundar lo común a partir del reconocimiento recíproco de las diferencias.

La libertad individual no se opone a la pertenencia comunitaria; se realiza en ella. Para el pensador, las democracias contemporáneas están llamadas a superar el paradigma homogeneizador del Estado-nación tradicional para dar paso a un modelo plural, capaz de acoger la diversidad cultural y los proyectos colectivos de los pueblos que lo componen. Una sociedad justa no anula los contrastes bajo un manto uniformizador, sino que teje espacios de autogobierno, cooperación solidaria y deliberación genuina. El poder y el valor se erige, así como un clásico. En sus páginas encontramos una advertencia contra los extravíos del pragmatismo desalmado y una hoja de ruta conceptual para imaginar un orden donde la política recupere su más alta vocación: ser el arte colectivo de construir el bien común.

Lea la columna de Ricardo Falla, profesor del Departamento de Filosofía y Teología UARM, en Rpp.pe 

Sobre el autor:

Ricardo L. Falla Carrillo

Profesor asociado a tiempo completo del Departamento de Filosofía y Teología de la UARM.

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