Pedro González, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), participó en un informe de El Comercio. En su intervención, analizó el impacto de tener un padre presente, pero ausente en el aspecto emocional.
Según el especialista, la ausencia emocional del padre puede llevar a que el niño desarrolle creencias negativas sobre sí mismo, como sentir que no merece afecto, que debe resolver sus problemas sin apoyo o que necesita protegerse emocionalmente para evitar nuevas desilusiones.
“En esta etapa crítica del desarrollo se pueden observar dos caminos casi opuestos. Por un lado, están quienes intensifican la búsqueda: conductas riesgosas, decisiones impulsivas, formas de exponerse que, en el fondo, parecen decir “mírame ahora”. Por otro, están los que se vuelven “perfectos”: no causan problemas, cumplen con todo y parecen el hijo ideal. Sin embargo, en ese silencio también hay un costo. Es una sobreadaptación que muchas veces implica reprimir lo que sienten, y que puede manifestarse más adelante en el cuerpo o en trastornos como la ansiedad, la bulimia o la anorexia", agregó.
En esa línea, el psicólogo de la UARM explicó que, al llegar a la adultez, muchas personas tienden a construir sus relaciones de pareja a partir de los modelos afectivos que aprendieron en el hogar. Así, indicó que, cuando no han contado con referentes de vínculos saludables, es más probable que reproduzcan esos patrones de manera inconsciente.
“Existe la fantasía inconsciente de repararlo, como si se pudiera hacer con la pareja lo que no se logró con el propio padre", detalló.
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