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8 marzo, 2019

[Artículo] El mundo es un cuento

            Hace algunos días, en una conversación en el bus, Marcelo –mi hijo de seis años– me dijo: “Papi, ¿y si el mundo fuera un cuento?” No fue la primera vez que me lo decía, pero en esta ocasión agregó nuevas ideas a su reflexión. No solo me manifestaba su conmoción ante no saber quién pudiera hacer las veces de narrador en ese infinito cuento que es la vida sino que me comentaba que de pronto cada cosa en el mundo pudiera ser quizá algo distinto de lo que solemos creer. Por ejemplo, me explicaba que quizás los buses puedan ser de cartón o las pistas de chocolate. Lo crucial que Marcelo afirmó luego es que pareciera que este cuento nunca acaba hasta que llega la muerte. Después de eso, el conmocionado fui yo.

No se puede negar que mi hijo es un pensador antiesencialist y deconstruccionista espontáneo. (¡Qué suerte la suya!) Paul Ricoeur ha señalado que eso que denominamos la vida –a falta de mejor palabra– quizás sea un relato en busca de narrador. A veces creemos que ese narrador somos nosotros, pero prontamente eso se devela ilusorio y nos angustia incluso no saber bien cuáles son esas voces narrativas desde las que se enuncia nuestra historia. Pueden ser Otros reconocibles y en ocasiones no. Pero no se puede negar la falta de coincidencia entre ese personaje que somos y ese narrador que querríamos y, que por resultado del azar, no logramos ser.

Sin duda, la vida, el mundo y la identidad están estructurados como relatos y padecen la misma imposibilidad estructural de todo relato. En algún momento Terry Eagleton ha sostenido que de pronto la estructura básica de todo relato sea la misma: pérdida y recuperación del objeto de deseo. Toda la sucesión de acciones, interacciones y acontecimientos de un relato tiene que ver con la irrupción de la falta en la existencia del personaje (¿el yo?). Ese objeto perdido nunca es una entidad clara y distinta, autoevidente para el propio sujeto. La falta y la pérdida son lo que movilizan el deseo a lo largo del tiempo. El deseo no supone la cerrazón del sujeto consigo mismo; antes bien, conlleva siempre las historias de los avatares de los vínculos del sujeto con los otros.

Jacques Lacan y René Girard ya lo habían advertido: el deseo no es una gratuita insistencia que emerge de nosotros mismos cual individuos aislados; más bien, el deseo es nuestra singular respuesta frente a ese enigma por el lugar que nosotros ocupamos en el deseo del otro. Como lo recuerda Slavoj Zizek en sus libros, la pregunta del deseo no es quién soy yo o qué deseo yo, sino quién soy yo para el otro, cómo se urde mi deseo frente al deseo del otro. En otros términos, el deseo es un efecto del devenir del vínculo con el otro, con todas sus vicisitudes. A ese devenir vincular lo llamamos narración, se trate de que se exprese en palabras, sonidos, imágenes, gestos o cualquier tipo de significante.

Así, la pregunta por la identidad supone siempre una respuesta narrativa. Esto es, la emergencia de lo otro en la repetición de la cotidianidad, la irrupción de lo inesperado, de lo imprevisible, de aquello que devela tanto el ser como el tener como ficciones primordiales de la existencia. No sé si Marcelo estaría de acuerdo con una idea de Jonathan Culler que complementa los planteos de Ricoeur y de Eagleton: que lo que nos enseñan la mejor literatura y el mejor psicoanálisis es que, de últimas, la identidad personal es un fracaso. Es decir, nunca coincidimos con nosotros mismos, que quizás buscamos recuperar aquello que ya siempre faltaba y que, por el contrario, nos habíamos generado la ilusión de su posesión y de su permanencia. Los relatos nos confrontan al hecho de que ya nada es como antes, de que nada volverá a ser como había sido, pero que siempre habrá nuevas aperturas y nuevos cierres en nuestra subjetividad.

En este punto cabe recordar la frase de Friedrich Nietzsche: “No hay hechos; solo interpretaciones”. Lo que presenciamos en un relato, entonces, son las posibilidades e imposibilidades de las interpretaciones para hacer y deshacer el mundo. Si toda narración es también un esfuerzo por interpretar ese mito llamado realidad, es evidente que toda narración implica un deseo de coherencia para producir eso que se pretende que sea el mundo, un esfuerzo por producir estabilidad, orden y unidad. En otras palabras, por medio de la narración/interpretación los seres humanos estamos obsesionados, de algún modo, con producir sentido en el trabajo de articular elementos dispersos, originalmente inconexos, bajo cierta noción de regularidad que se nos presenta como obvia o necesaria.

Esto quiere decir que toda narración lidia con un núcleo inherentemente antinarrativo, una tendencia a que ninguna situación o elemento concatene con otro semejante. Tomemos en cuenta aquí que no se trata meramente de pasar de pensar en un sentido unívoco a una multiplicidad de sentidos (como se podría creer desde cierta doxa posmoderna). Se trate de uno o muchos, lo narrativo supone un atarse al sentido, a veces de forma desesperada. Los extremos de relatos más antinarrativos que pueda haber quizás sean el Finnegans Wake de James Joyce, Cuál es de Samuel Beckett, Mulholand Drive de David Lynch, el delirio más atroz de un psicótico o el flujo verbal más intenso de una persona con alzheimer. Toda narración supone un esfuerzo de que el sujeto no perezca, esto es, la insistencia en que el intérprete permanezca, se trate del narrador o del personaje. Buscamos inscribirnos de algún modo en esa regularidad en medio de la dispersión y deseamos –sabiéndolo o no– dispersarnos desde esa regularidad al mismo tiempo aunque sea paradójico. Queremos estar afuera y adentro del relato, y a la vez no queremos estar ni adentro ni afuera de ningún relato, hasta que nos percatamos de que las historias siempre se pueden contar de otra manera aunque no sepamos cuál. Siempre el abismo hacia lo diferente, la ida a lo radicalmente otro, pero también siempre lo mismo.

Sobre el autor:

Arturo Sulca Muñoz

Docente de Formación Continua

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