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16 marzo, 2020

[Artículo RPP] Ricardo L. Falla: La sumisión al desastre del transporte

El gravísimo problema de transporte que sufre y vive la capital del Perú tiene responsables institucionales y personales. En la medida que podamos determinar quiénes consintieron el crecimiento exponencial de este desastre, podremos aprender que las acciones y omisiones en los asuntos públicos tienen enormes consecuencias sobre todos.

Una crónica personal. Llevo a mis hijos al colegio. Y cuando pienso diríjame a mi despacho en la universidad, opto por ir a la casa de estudios donde curso mi doctorado a resolver algunos asuntos administrativos. En la avenida del Ejército, en la parte de San Isidro, en dirección a Miraflores, me encuentro con un descomunal atasco producido por innumerables automóviles. Esos atoros que “tiemplan el espíritu” y hacen que emerja el lado más estoico de la vida. A fin de librarme de la serpiente de buses y autos atrancados, decido caminar, porque, sin duda, avanzo más rápido.

Mientras ando, se me vienen a la memoria anhelantes recuerdos recientes. Desee con todas mis fuerzas que la Estación de O'Donnell, estuviera ahí nomás, para tomar la línea del metro que me lleve rápido a donde debo llegar. Pero no. Estoy en Lima, viendo la cara de desesperación y cansancio de cientos de personas atascadas bajo el sol, resignadas a una tragedia que no pueden superar.

¡Qué mal vivimos!, pienso. No solo la faena diaria es dura para millones de personas. También ir y regresar a la labor cotidiana es, por si misma, demoledora. No hay que festejar este tráfico. Incluso reírse del mismo esconde más ruina interna de lo que pensamos. Tampoco es parte del "color local y popular" de la ciudad (si algún científico social relativista lo piensa, es simplemente una bellaquería). Que los limeños, peruanos, sufran esto diariamente es extremadamente indigno.

Hay responsables de este monstruo como en todas las tragedias del Perú. Las autoridades, por décadas, privilegiaron las soluciones privadas e informales de un asunto público. Y dejaron que una ciudad tan grande y poblada carezca de un sistema de transporte. Pues en Lima no hay un sistema de transporte. Es decir, un todo integrado de líneas de metro, tranvías, trenes y buses. Y, al no haberlo, los ciudadanos de la metrópoli optan por la solución individual: comprar un auto. Sin saber que cada unidad añade un problema público. Se puede adquirir un automóvil (hay créditos por doquier), pero no las calles por donde discurrirá aquel auto.

¿Cuánto dinero habrán ganado las empresas que importan autos y las financieras que costean los créditos? Es evidente que el caos beneficia siempre a alguien y que las ausencias de determinados servicios públicos llegan a privilegiar a algunos.

Cierro los ojos y veo la Estación de O'Donnell, la que nos ha llevado a mi esposa y a mí a museos, bibliotecas, a la universidad y nos ha conducido a tantos lugares. Mi mente me traslada, por un momento, a ese mundo medianamente ordenado y civilizado. Lo añoro, sin duda. Y mucho. Pero más deseo que tengamos un sistema de transporte que nos asuma como humanos. Un sistema de transporte que nos considere ciudadanos, con iguales derechos para viajar tranquilos, seguros y

rápido. Pues un sistema de transporte también nos democratiza, ahí confluimos en igualdad de condiciones todos los grupos sociales y culturales que convergen en una megalópolis.

Todavía no somos conscientes del drama que vivimos y cómo nos humilla día a día. No debemos resignarnos a sufrir esto: pasar una parte de nuestras vidas consumiéndolas entre motores encendidos. Más bien, exigir la aceleración de las obras que nos lleven a los 500 años de Lima con un sistema de transporte, pues esa lentitud nos conduce a la inutilidad. En serio, lo que vivimos es humillante a la condición humana. Estamos sometidos a un desastre. No es risible.

 

Lea la columna del autor todos los lunes en Rpp.pe

Sobre el autor:

Ricardo L. Falla Carrillo

Director del Departamento de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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