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27 noviembre, 2018

[Artículo] ¿Un acuerdo firmado da fin al conflicto?

          La experiencia nos dice que no necesariamente un acuerdo firmado da fin a un conflicto. Más bien abre la oportunidad para la transformación del conflicto social al ofrecer escenarios con múltiples posibilidades. Genera desafíos para las partes e incrementa las expectativas con relación a los resultados tangibles e intangibles sobre los acuerdos pactados, los que en algunas situaciones pueden dar lugar al escalamiento del conflicto.

Pongámonos el caso de aquellos conflictos que han escalado a episodios de crisis con hechos de violencia. En situaciones de esta naturaleza los esfuerzos para buscar opciones, salidas negociadas y dialogadas constituyen un reto para todos los involucrados.

En caso exista voluntad de las partes para abordar los temas a través del mecanismo del diálogo, es necesario que esa disposición se traduzca en propuestas que luego aterricen en acuerdos que sean objetivos, medibles, supervisables y se encuentren dentro del marco de la ley. Cuanto más detallado se encuentre un acuerdo mayores posibilidades tendrá de ser sostenible en el tiempo; en tanto, la ambigüedad en su implementación puede derivar en nuevos conflictos.

Si bien puede haber una percepción respecto al acuerdo como punto final del conflicto, este en verdad lo que hace es abrir una puerta para un espacio nuevo. La firma de un acuerdo configura una nueva etapa denominada el “posacuerdo”, categoría planteada por el experto mediador y teórico del conflicto, Joan Paul Lederach. Para entender lo que sucede en este nuevo espacio que, a simple vista, debería funcionar como un reloj donde todos cumplan sus roles, mandatos y funciones podemos tener en consideración algunos factores que influirán en el mismo.

Primero, multiplicidad de actores según la naturaleza del conflicto, con los cuales se tiene que interactuar, renegociar y coordinar. Segundo, pasar del dicho al hecho, los actores estatales tienen que llevar los acuerdos de la esfera política a la esfera práctica centrada en lo operativo, concreto y programático. Tercero, el tiempo, es diferente para todos los actores en conflicto, puede variar de acuerdo al nivel de complejidad del acuerdo, los recursos disponibles (humanos, presupuestal, normativo), las lógicas burocráticas y las acciones de los actores que se puedan oponer; finalmente, la resistencia al cambio, las instituciones, los estilos de relacionamiento y comunicación, entre otros, no cambian de inmediato con la firma de un “acta”, este es un proceso lento que requiere de esfuerzos sostenidos en el tiempo. He aquí de la importancia de fortalecer la institucionalidad de una cultura de diálogo y paz.

Tener en cuenta estos factores contribuirá, en cierta medida, a entender la desconfianza, tensión, frustración y confusión que se generan en esta etapa de posacuerdo, donde el diálogo sigue siendo una herramienta fundamental. 

 

Artículo publicado en el diario El Peruano el 27/11/18

 

Sobre el autor:

Liz Puma Almanza

Especialista en transformación de conflictos sociales de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. 

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