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16 septiembre, 2022

[Artículo RPP] Soledad Escalante: El derecho democrático a la locura

Cada vez nos resulta menos ajeno hablar de depresión, locura y suicidio. Y eso, lejos de asustarnos y llevarnos a la ansiedad o la inamovilidad social, debería ser una señal de alerta sobre la urgencia de tomar acciones en favor de la salud mental en el Perú.

En esta realidad existen 30 millones de sujetos; sin embargo, de entre ellos podemos citar a tres personas, para cubrir su privacidad las indicaremos con el impersonal neutro, sujeto A, sujeto B y el sujeto C. Estos jamás se han visto y por el tenor de sus decisiones muy probablemente nunca tengan referencia uno del otro. Comencemos. El sujeto A, lo tiene todo. Duerme cuando tiene sueño. No tiene horarios. Una mañana, muy temprano, cuando el cielo aún cursa la madrugada, va al lugar agendado en su mente. Cruza la calle, va caminando unos metros mientras el amanecer de una mañana muy fría y azul se va anunciando. Entonces ahí está, imponente, el edificio de 100 pisos. Sube unas pequeñas escaleras, las puertas se abren. El mismo día, el sujeto B acaba de estacionar su auto en la puerta de su cochera, ha tenido un noche intensa y feliz. Entonces aprieta el botón del remoto, guarda el Bentley. Sus manos abren otra puerta, entra a su cocina, sí, viendo el interior de su congeladora, piensa, hay algo de helado. Se dispone, para cerrar su día, recostarse en el sofá, soltarse la corbata y quizá lea un párrafo de Séneca. El frío de esa temprana mañana tiene vientos que recogen anónimos papeles de las calles. Asimismo, bajo las luces de una habitación anónima, el sujeto C ama y es amado por alguien abrazado por sábanas blancas y tibias. Su cuerpo, deliciosamente exhausto, y el otro cuerpo, plácidamente dormido, va por una reconfortante ducha caliente. Al salir, abrigado de toallas, recuerda que es la tercera ducha caliente del día, y una tenue luz del temprano amanecer azul atraviesa las persianas, derramándose cónicamente sobre el cuerpo del amante, tiñéndole de azul. Se va secando el cabello, se sienta a sus pies.

El sujeto A toma el elevador. Ha dispuesto ya para sus oídos los audífonos y la música. Recuerda sus vacaciones en la playa. Va subiendo. Pero no se detiene. Peldaño a peldaño va incrementando sutilmente el ruido de la mañana, aunque aún es muy tenue el color de las aceras. No le toma mucho tiempo llegar al piso número 100. El reloj marca 5:55 a.m. El sujeto B está dormitando en su sofá. Sueña que está recostado sobre almohadas tejidas con hilos de nube. Sueña que despierta y que piensa, ve y siente la totalidad de las cosas, en su eterno ser. Sueña que en sus manos sostiene un prisma a través del cual sabe el inicio y fin de todas las cosas. De pronto el automático de la radio se enciende y muy despacio se despierta. Son las 5:56 a.m. Tal vez un poco más de helado, piensa. A miles de kilómetros de lo que ahí sucede, el sujeto C, procurando el mínimo ruido, se levanta de la cama, sale hacia el balcón. Enciende un Morley. Sacude las cenizas desde su mano izquierda mientras su mano derecha está abrigada en el bolsillo derecho de su toalla.

Hemos llegado al piso número 100. El sujeto A sale del elevador. Camina un pasillo, abre una puerta, sube unas escaleras, sale hacia la azotea. Camina hacia el borde del edificio. La música es más intensa en sus oídos, su rostro siente el viento a las 5:57 a.m. de una temprana mañana. A las 5:58 a.m. el sujeto B abre su congeladora, guarda el helado, saca una cerveza. Toma un gran sorbo. Se recrea pensando que hidrata las venas de su cuerpo. Retorna al sofá. Se sienta. Sobre una mesa se encuentra una pequeña caja de madera. Deja la helada cerveza a un costado, destapa la caja de madera, saca de su interior una prestobarba, retira su plástico y la aprieta sobre las venas de sus muñecas hasta tocar su arteria cubital. Un brazo desfalleciente se estira y sujeta firmemente una helada cerveza. Ha transcurrido alrededor de un minuto, sobre las sábanas se encuentra un reloj que marca exactamente las 5:59 a.m. El sujeto C, aspira hondamente el cigarrillo, mientras del interior del bolsillo derecho saca una Beretta 92FS, y el cañón del frío metal aprieta el lado derecho de su cabeza.

Alrededor de las 6:00 a.m. de una fría y grisácea mañana, un sujeto ha caído desde una altura de 800 metros. Otro sujeto ha cerrado sus ojos luego de cortarse las venas de sus brazos. Y otro sujeto se ha disparado en la cabeza, un proyectil de 9 x 19 Parabellum ha atravesado el hueso temporal derecho, calcinándose la fosa temporal y las arterias meníngeas, en el acto, destrozándole todo el cráneo. Amanece, comienza a lloviznar, pero rápidamente, aparece una resolana que entibia las paredes y la calle. Sobre el césped de un parque, hay unas niñas y unos niños jugando y retozando.

Lea la columna de la autora todos los miércoles en Rpp.pe

Sobre el autor:

Soledad Escalante

Directora de la Oficina de Formación Humanista y docente principal de la Facultad de Filosofía, Educación y Ciencias Humanasen la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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