22 septiembre, 2021

[Artículo] Sofía Chacaltana: Caras de huaca y color rojo indio

La mayoría de los peruanos hemos recibido o escuchado insultos como “llama”, “vicuña”, “mono”, “color puerta” o “cara de huaco”; todos ellos con implicancias raciales. En el Perú, el racismo es un tema estructural muy complejo, ya que los insultos racistas se escupen independientemente de los rasgos fenotípicos o color de piel del que lo enuncia, posicionándose de esta manera en un imaginario de superioridad racial y social; pero que tiene consecuencias reales.

Este tipo de agresión funciona porque tenemos interiorizada la idea de que existe un canon de belleza. Es decir, un modelo de características perfectas, inspirado en el arquetipo artístico griego, retomado por los romanos y, difundido por la propaganda católica, que ha blanqueado a todos los protagonistas del cristianismo. Este canon de belleza vinculado a lo divino llegó a las américas como idea hegemónica, inalcanzable e indiscutible.

Es necesario entender que, para justificar la superioridad de un tipo de belleza, hay que posicionar la inferioridad de los otros tipos. Y, la manera más efectiva de hacerlo es vinculándola a conceptos denigrables, por ejemplo, la suciedad o la falta de higiene, la incapacidad intelectual o la inmadurez emocional; con estos componentes, ser identificado como feo o fea, no tiene un impacto superficial, sino que es también psicológicamente humillante.

Frente a lo “divino” de la belleza hegemónica, la consecuencia de ser “indio”, “cholo”, “serrano”, “negro”, “chuncho”, es vivir en una constante lucha por la aceptación, a través de la búsqueda de la asimilación, o de lo que criollamente se le llama “blanqueamiento” que trae un profundo costo económico, pero también para la autoestima y, sin la cual, no es posible la autodefinición y la autodeterminación.

En ese sentido, encuentro inspiradoramente atrevidos los trabajos de las artistas peruanas Susana Torres con su serie “Huaco-autorretrato” y Patricia Gamarra con su exposición “Rojo indio”. El primero refiere al insulto “cara de huaco” con el que se llama así a personas que por sus rasgos fenotípicos son parecidos a los increíblemente realistas, atractivos y ataviados rostros de los hombres moche. Y, el segundo, se refiere al óxido de hierro con el que el que se pintaba algunas piezas y que se parece mucho al color de la piel de nuestros ancestros. De esta manera, las artistas nos hacen pensar en la manera en que las expresiones artísticas de hombres y mujeres del pasado han sido reducidas y asociadas a características y categorías “raciales”.

Entendiendo que se necesitan muchos factores para mejorar nuestra calidad de vida, sentirnos bellos en un territorio en el que históricamente nos han dicho que no lo somos, es una actitud revolucionaria. Exploremos todas nuestras bellezas, repensemos las hegemonías.

Artículo publicado en el diario La República el 17/09/2021

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