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16 junio, 2020

[Artículo RPP] Ricardo L. Falla: Más allá del colapso social, lecciones del pasado

Es necesario recordar en qué condiciones las sociedades pueden atravesar una crisis de sentido que las empuje a situaciones de altísimo riesgo. La experiencia histórica nos enseña que hay circunstancias que podemos evitar si tomamos las decisiones adecuadas ¿Cuál es este escenario? 

El economista e historiador económico, Branko Milanovic, en un importante artículo publicado a inicios del “Gran Confinamiento” en Foreing Affairs, consideró que la pandemia nos iba a conducir no sólo a una recesión económica, sino, sobre todo, por la compleja interdependencia de la economía, al colapso social de nuestros sistemas.  

La posibilidad de quiebra social fue advertida prontamente por varias naciones, estableciendo planes de rescate financiero y monetario a empresas y a ciudadanos. Pero la magnitud de este colapso aún se está gestando. Hay indicios muy claros que la recesión que se anuncia será mucho más evidente y pronunciada mientras nos acercamos al segundo semestre de este año.  

A simple vista, las políticas de rescate tendrían solamente un componente económico, tratando de mantener a flote la liquidez de las empresas y la capacidad de compra de los ciudadanos. Sin decirlo abiertamente, se está optando por evitar el colapso de los sistemas sociales, pues se sabe que las crisis económicas no que quedan en el ámbito económico. Se transfieren al ámbito social con mucha facilidad. De ahí que las debacles productivas, si no son conjuradas, arrastran al resto de la sociedad.  

Pero hay lecciones de pasado que debemos recordar. 

Tras el Crac del 29, lo que empezó como una crisis financiera, devino en una crisis económica y el colapso social de los EE. UU., Europa y, luego, de buena parte del mundo.  Todo colapso social -cuando no hay "opio del pueblo"- ocasiona una transmutación vertiginosa de los valores culturales e incide en la desesperación y, si no hay remedio, en el nihilismo. En esas circunstancias, la mayoría de la población puede "disparar" a cualquier lado del espectro ideológico, mirando hacia donde haya una mitología asegurada.  

La Gran Depresión agudizó los problemas sociales que Europa arrastraba desde el fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y tras la masacre de la guerra civil rusa (1917-1922).  Así, el colapso social europeo, colaboró con la ascensión de los diversos fascismos de los años treinta.  Ya vemos cómo terminó la cuestión tras 1939.  

Salvando las distancias, América Latina se encuentra en una situación algo similar a Europa de los años treinta. Antes del “Gran Confinamiento” ya se evidenciaba el agotamiento del Consenso de Washington y una creciente turbulencia sociopolítica que alcanzó su cima el 2019. El colapso social que se avecina será de tal magnitud, que podría potenciar la inestabilidad y conflictividad política. En esas circunstancias, las mayorías puede dirigirse hacia cualquier lugar. Incluso al abismo.  

Así, la población desesperanzada iría hacia donde se le presente "el chivo expiatorio" que pague la culpa colectiva de la tragedia. Y las expiaciones suelen ser muy sangrientas. De ahí la sustancial diferencia entre "ideales" e "ídolos". Los primeros, se transforman en grandes impulsos de redención colectiva. Los otros, exigen sacrificios mortales.  

La responsabilidad que tienen los estados, los gobiernos, la clase política y empresarial es de tal dimensión, que no sólo se trata de evitar la pandemia. Se trata de impedir que la desesperanza se convierta en el combustible de una década de violencia. Estamos a tiempo. Por eso hay que decirlo, sobre todo quienes conocemos un poco de lo que ocurrió hace mucho tiempo. Y expresar que existen formas de impedir el reinado de la barbarie: edificar, cuanto antes, un estado social de bienestar. Hay una tragedia en ciernes. 

 

Lea la columna del autor todos los lunes en Rpp.pe

Sobre el autor:

Ricardo L. Falla Carrillo

Director del Departamento de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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