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5 abril, 2018

Lección inaugural del año académico a cargo del P. Provincial Juan Carlos Morante SJ.

                450 años de servicio jesuita a la iglesia en el Perú

      Excelentísimo Monseñor Nicola Girasoli, Nuncio Apostólico de  Su Santidad en el Perú, querido padre Ernesto Cavassa, Rector de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, dignas autoridades, estimados docentes y administrativos, queridos estudiantes, amigas y amigos todos. Agradezco sinceramente la invitación que me hizo el P. Cavassa para dar esta lección inaugural en este año en que celebramos los 450 años de la llegada de los jesuitas al Perú, los 50 años de la creación de la Provincia del Perú y los 15 años de fundación de la Universidad Ruiz de Montoya. Agradezco igualmente a Monseñor Girasoli por haber aceptado presidir la eucaristía de inauguración del año académico y por acompañarnos en este acto. Saben bien que siento un especial cariño por esta universidad en la que he colaborado durante varios años y en la que me siento siempre como en mi casa. Muchas gracias a todos ustedes que con su esfuerzo y dedicación hacen posible que este proyecto de educación universitaria en nuestro país siga creciendo y fortaleciéndose en su misión.

Por una infeliz coincidencia del destino, nos toca realizar este acto de inauguración en una hora aciaga de nuestra historia política actual. No nos dejemos abatir por el funesto comportamiento de la clase política ni por la grave inestabilidad a la que nos ha conducido. Al contrario, mantengamos firme nuestra voluntad y nuestro compromiso por seguir trabajando y aportando, desde el lugar en que nos encontremos, a la construcción de un país más justo, más unido y más pacificado.

He querido compartir con ustedes estas reflexiones sobre la misión de la Compañía de Jesús en el Perú desde la perspectiva de servicio a la Iglesia, porque considero que este servicio eclesial está en el núcleo del carisma fundacional y de la misión propia de la Compañía. Espero poder ayudar a profundizar en esta perspectiva que debe estar igualmente presente en la misión y en el quehacer de esta Universidad.

 

Introducción

El P. Rubén Vargas Ugarte, SJ, en su Historia de la Compañía de Jesús en el Perú, narra la llegada de los primeros jesuitas a estas tierras de la siguiente manera:

“Habiendo partido de Panamá el P. Portillo con sus cinco compañeros el 21 de febrero de 1568 arribaron al Callao el 28 de marzo, empleando en el viaje solos veintiséis días, cosa bastante desusada. Esta circunstancia –continúa el P. Vargas Ugarte– y  otras dos que cita el P. Bracamonte en su carta del 21 de enero de 1569, la repiten los primeros cronistas de la Orden, dándoles un significado maravilloso. Una fue haber ocurrido al tiempo de desembarcar un eclipse parcial de sol, del cual dice dicho Padre no se tenía noticia ni estaba previsto en los repertorios astronómicos… y la otra el haber temblado la tierra al comenzar el P. Portillo su primer sermón en Lima, con lo cual salió el auditorio despavorido, pero como el Padre permaneciese firme en el púlpito, volvieron todos a entrar en el templo y gratamente impresionados por las palabras del Padre, no dejaron de comentar el suceso.

En el Callao se detuvieron unos días, en tanto se desembarcaba el avío que habían traído consigo y el 1 de abril hicieron su entrada en Lima, con gran satisfacción del Arzobispo, Don Fray Jerónimo de Loayza, del Gobernador, Licenciado Castro y de todos los vecinos.” (pp. 23-24).

            Fueron, pues, seis jesuitas, liderados por el P. Jerónimo Ruiz del Portillo, quienes iniciaron esta audaz aventura de llevar el evangelio y de propagar la fe en los nuevos territorios y en medio de los desafíos que planteaba la colonización española. Al llegar a Lima fueron acogidos generosamente por los padres dominicos, pero al poco tiempo tomaron posesión del predio donado por el Gobernador y por un grupo de ilustres personajes de la época, en el actual terreno ocupado por la Iglesia San Pedro, el Banco Central de Reserva y la Biblioteca Nacional en el centro de la Ciudad. El 30 de junio del mismo año inauguraron la primera iglesia del Colegio de Lima. Al cabo de un año ya eran 30 jesuitas en la casa y colegio de San Pablo. Y dos siglos más tarde, al momento de la expulsión, eran alrededor de 400 jesuitas en la Provincia del Perú, que en aquella época incluía a la actual Bolivia.

 

Carisma fundacional y misión propia de la Compañía de Jesús

Para comprender a cabalidad el sentido y propósito de la acción evangelizadora y misionera de la Compañía en el Perú, es necesario conocer el espíritu que ha movido y sigue moviendo a este cuerpo apostólico en su accionar en el mundo y en la historia.

El carisma fundacional y la misión particular de la Compañía se encuentran plasmados en la Fórmula del Instituto, una suerte de declaración primordial de principios y fines, que fue aprobada por primera vez en 1540 por el Papa Paulo III y confirmada diez años después en 1550 por el Papa Julio III. Cuatro siglos más tarde, el Padre Pedro Arrupe, vigésimo octavo Superior General de la Compañía de Jesús, pronunció una conferencia con el título: “Servir solo al Señor y a la Iglesia, su esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra”. Este título fue tomado precisamente de las primeras palabras de la Fórmula del Instituto de 1550 para mostrar que ellas son expresión genuina del carisma e identidad de la Compañía y se han convertido a lo largo de los siglos en programa de vida y en ideal que debe llenar el corazón de todo jesuita.

El P. Arrupe profundiza en esta expresión carismática y fundacional de la Compañía analizando tres términos esenciales: el servicio divino, el Vicario de Cristo y la Iglesia esposa de Cristo. En la mente y en el corazón de Ignacio, estos términos están estrechamente vinculados, de manera que no se puede entender enteramente ninguno de ellos separado del otro. Los tres términos constituyen una unidad primordial de visión, de afecto y de acción. Y los tres están enraizados en la experiencia fundante de los ejercicios espirituales, mostrando de ese modo que el carisma es un don del espíritu para la vida y misión de la Iglesia.

La Fórmula también nos presenta la misión propia y particular de la Compañía en la Iglesia. En ella se dice que la Compañía ha sido “fundada ante todo para atender principalmente a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana”. Y luego añade que también ha de estar preparada “para reconciliar a los desavenidos, socorrer misericordiosamente y servir a los que se encuentran en las cárceles o en los hospitales, y ejercitar todas las demás obras de caridad, según parecerá conveniente para la gloria de Dios y el bien común”.  Entre los medios que la Compañía adopta para llevar adelante esta misión están el ministerio de la palabra, los ejercicios espirituales, la administración de los sacramentos y la educación en el cristianismo de niños e ignorantes. Más adelante, señala también que la Compañía puede tener colegios y universidades para formar a jóvenes con aptitudes para incorporarse a ella en el servicio a la misión. Finalmente, en las Constituciones se declara que los colegios y universidades también podrán recibir a otros jóvenes que no desean ser parte de la Compañía, pero que pueden llegar a ser buenos operarios de la viña del Señor. Hoy diríamos, buenos colaboradores de Cristo en la tarea de hacer presente el Reino de Dios.

Como se puede apreciar en este breve párrafo, san Ignacio y sus compañeros defendieron y propagaron una visión integral de la fe cristiana. En el servicio de la fe, los jesuitas ejercieron siempre los ministerios tradicionalmente llamados “espirituales” junto con los “temporales”: ministerio de la palabra, ejercicios espirituales y también todas las “obras de caridad” que sean convenientes “para la gloria de Dios y el bien común”. Esta visión de la “gloria de Dios” unida al “bien común”, es una muestra clara de la perspectiva integral de la fe que los jesuitas quisieron promover y que, siglos más tarde, el Concilio Vaticano II y el magisterio de la Iglesia han subrayado nuevamente como rasgo esencial del anuncio del evangelio. San Ignacio insistió mucho en que los jesuitas debían priorizar los ministerios espirituales sobre los temporales, porque ése era el fin propio de la Compañía; sin embargo, insistió también en que los jesuitas no debían dejar de ejercer los ministerios de la caridad entre pobres y excluidos ni de promover su práctica en el pueblo cristiano. Ellos debían aspirar siempre a ejercer sus ministerios de una manera integral y ordenada en función del fin apostólico propio de la Orden. Esta visión integral e integradora de la fe fue la principal inspiración de los proyectos apostólicos y misioneros que desarrolló la Compañía en su servicio a la Iglesia y, en particular, a la Iglesia en el Perú.

 

El servicio a Cristo y a la Iglesia en el Perú colonial

La Compañía nació en un momento decisivo para la vida de la Iglesia. En 1545, cinco años después de la fundación de la Orden, el Papa Paulo III convocó un Concilio ecuménico y general en la ciudad de Trento para hacer frente a los desafíos de la reforma protestante y a la división interna que se estaba generando en el cristianismo occidental. A él fueron enviados por el Papa los primeros jesuitas: Diego Laínez y Alfonso Salmerón. El Concilio de Trento fue uno de los más importantes e influyentes en la historia de la Iglesia católica. Adoptó medidas para asegurar a la Iglesia un clero más honesto y más instruido, eliminando muchos abusos flagrantes como la venta de indulgencias, prohibiendo acumular beneficios, obligando a obispos y sacerdotes a residir en sus jurisdicciones, creando seminarios para la formación de sacerdotes, entre otras medidas. Del mismo modo, fortificó la jerarquía y, con ello, trató de fortalecer la unidad católica, al afirmar enérgicamente la supremacía del papa, «Pastor Universal de toda la Iglesia».

La Compañía de Jesús, en fidelidad a su carisma fundacional, respaldó plenamente el programa de la Iglesia del Concilio de Trento y orientó toda su misión apostólica para colaborar en su puesta en práctica. Así es como, cinco años después de concluido el Concilio de Trento, llegaron los primeros jesuitas al Perú con el deseo ardiente de servir a la Iglesia en la aplicación de la reforma impulsada por el Concilio.

            En la acción apostólica de la Compañía en el Perú colonial, la defensa y propagación de la fe, ayudando a los fieles en provecho de su vida y compromiso cristiano, se llevó a cabo de distintas maneras. Además, el encuentro con culturas diferentes y con diversos niveles de desarrollo, abrió muchas posibilidades de creatividad al esfuerzo de propagación de la fe. Por un lado, la catequesis jesuita fue dirigida a todo tipo de público, mediante sermones, lecciones periódicas, la catequesis propiamente dicha -dirigida a niños y personas de escasos recursos de la época- así como las distintas modalidades de los Ejercicios Espirituales. En esta línea destacan algunos personajes como el venerable P. Francisco Del Castillo, por su cercanía a esclavos negros y personas de origen humilde, muy recordado por los sermones que daba en medio de una plaza pública, el Baratillo, en el actual distrito de El Rímac. También ilustran este trabajo otros jesuitas de gran arraigo espiritual y apostólico como los PP. José de Acosta, Alonso Messia, Diego Álvarez de Paz, Juan de Alloza, o Diego Martínez (confesor de Santa Rosa de Lima), por mencionar sólo unos nombres.

Pero lo más singular de la difusión de la fe fue llevado a cabo por los jesuitas en su organización de las misiones con las poblaciones indígenas. Siguiendo igualmente la inspiración de la Fórmula del Instituto, que señala como medios de apostolado todas las obras de caridad que convengan a la mayor gloria de Dios y al bien común, los jesuitas impulsaron proyectos de civilización basados en el respeto y fomento de las lenguas originarias y que se constituyeron, al mismo tiempo, en baluartes contra los intentos de explotación y de esclavización de los indígenas por parte de los encomenderos españoles y de los bandeirantes portugueses. Para ello, desarrollaron un significativo trabajo lingüístico, gracias al modelo pedagógico que aplicaba la gramática y la retórica como fundamentos de la prédica evangelizadora. Gracias a ello, la elaboración de gramáticas y de diccionarios en las lenguas originarias, fue algo propio de los jesuitas misioneros que se volvieron maestros en dichas lenguas. El P. Alonso de Barzana, gran misionero en Perú, Bolivia, Argentina y Paraguay, llegó a dominar 11 lenguas originarias. Igualmente, el P. Antonio Ruiz de Montoya fue el promotor del guaraní y, como Superior de las Reducciones paraguayas, impulsó la catequesis en esa lengua, lo que hizo del Paraguay el único país realmente bilingüe (con una lengua originaria) en Sudamérica.

El otro gran medio de evangelización que impulsó la Compañía en la época colonial fueron los colegios. En toda esta época, y hasta antes de la expulsión, los jesuitas abrieron diversos Colegios que eran un ejemplo de modelo pedagógico, así como de misión evangelizadora, ya que en todos sus entornos geográficos se desarrollaba una intensa labor pastoral en beneficio de las poblaciones más desfavorecidas. Ellos consideraron que era fundamental formar los espíritus de las personas en la sensibilidad humanista de su tiempo, intentando al mismo tiempo inculcar valores cívicos sin los cuales el Evangelio no podría asentarse adecuadamente. Para ese fin, implementaron un sistema educativo en base a principios establecidos en la llamada Ratio Studiorum, que fue publicada en 1599.

Diego de Ledesma, profesor jesuita y rector del Colegio Romano (hoy Pontificia Universidad Gregoriana de Roma) a fines del siglo XVI, fue uno de los principales impulsores de la Ratio Studiorum. Él aducía cuatro razones por las que los jesuitas debían trabajar en instituciones educativas: “Lo primero, porque proveen a la gente con muchas ventajas para la vida práctica; en segundo lugar, porque contribuyen al correcto gobierno de asuntos públicos y a la apropiada formulación de leyes; en tercer lugar, porque dan decoro, esplendor y perfección a nuestra naturaleza racional; y en cuarto lugar, que es de suma importancia, porque son la defensa de la religión y nos guían con gran seguridad y facilidad en la consecución de nuestro fin último”.

Estas cuatro razones, o cuatro finalidades últimas de la educación de los jesuitas, fueron interpretadas y desarrolladas por el P. Kolvenbach, vigésimo noveno Superior General de la Compañía. En forma condensada, el P. Kolvenbach las llamaba: utilidad, justicia, humanidad y fe. La articulación ordenada de estas cuatro dimensiones constituye el núcleo fundamental de la educación jesuita que se desarrolló, y se sigue desarrollando, en los colegios y universidades de la Compañía en el Perú y en el mundo.

La educación llevada a cabo por los jesuitas tuvo en el Perú dos públicos principales: las élites criollas y las élites indígenas. Para ello establecieron colegios tanto para criollos y mestizos como para indígenas nobles. El primer colegio en fundarse fue el de Lima, en 1568, llamado Colegio Máximo San Pablo. Tiempo después, en 1615, el virrey Francisco de Borja y Aragón fundó en el Cercado de indios (en la misma Ciudad de los Reyes) el colegio El Príncipe para hijos de curacas principales, también encomendado a la Compañía de Jesús. El modelo fue similar en el Cusco, donde se fundó el Colegio de la Transfiguración en 1578, y que luego tendría la facultad de otorgar grados como Universidad, bautizada con el nombre de San Ignacio de Loyola, gracias a la bula papal de Gregorio XV en 1621. Paralelamente se fundó el Colegio para la élite criolla llamado San Bernardo, bajo la advocación del famoso monje cisterciense. Al mismo tiempo que la Universidad San Ignacio de Loyola, se instauró el Colegio de caciques San Francisco de Borja. En el sentido educativo urbano, los jesuitas realizaron su labor como en el resto de la Compañía universal, mediante la aplicación del método establecido en la llamada Ratio Studiorum y produciendo textos de filosofía y teología de tono local que ejercieron una gran influencia en el pensamiento y organización coloniales.

Por otra parte, los jesuitas sostuvieron, a través de la enseñanza, una silenciosa batalla en defensa de la condición de los indios como seres humanos libres y de la obligación de que sean tratados como tales. También se preocuparon del problema de la reparación moral y crearon un seminario público en el colegio de San Pablo para analizar y debatir temas morales, dudas, incertidumbres y el tema de la condición del indio y de los esclavos de origen africano, a pesar de que ellos mismos tenían esclavos en sus haciendas. Este seminario estuvo abierto hasta la expulsión de la Orden, en 1767.

El servicio a Cristo y a su Iglesia, bajo la obediencia al Vicario de Cristo, tuvo también consecuencias dolorosas para la Compañía, que la llevaron a experimentar en su propia carne la cruz del Señor a quien quería servir. Las nuevas corrientes de pensamiento ilustrado, que promovían el recurso exclusivo a la razón en el proyecto de emancipación humana de la esclavitud y del oscurantismo, veían en la Iglesia, en sus dogmas y en su estructura jerárquica un enemigo abierto de sus pretensiones. Era, pues, necesario destruirla para lograr su sueño de una humanidad emancipada. Y la Compañía de Jesús aparecía, para importantes sectores de la intelectualidad ilustrada y del poder político, como la organización que mejor favorecía la posición jerárquica de la Iglesia, con su defensa incondicional del Pontífice Romano. Los que ponían su fe en la razón y en el progreso, veían en la religión una influencia perniciosa que retardaba el desarrollo de la razón.

Por otra parte, en Francia, los jansenistas, que representaban más bien la corriente rigorista y conservadora de su tiempo, acusaban a los jesuitas de legitimar la permisividad moral. Ellos también tenían una agenda política, pues estaban muy vinculados a la nobleza y a obispos que querían reducir la influencia papal para fortalecer el absolutismo monárquico.

Todo este movimiento llevó, en primer lugar, a expulsiones sucesivas de la Compañía de diversos reinos europeos: Portugal en 1759, Francia en 1764 y España en 1767. Finalmente, la presión de todas estas fuerzas sociales y políticas, para eliminar totalmente a la Compañía, llegó hasta el Papa Clemente XIV quien, en junio de 1773 firmó el decreto de supresión de la orden jesuita. Irónicamente, el mismo Papa, a quien la Compañía juraba fidelidad y obediencia plena, fue la autoridad que determinó su eliminación.

 

El servicio a la Iglesia en el Perú a la luz del Concilio Vaticano II

            En 1814 la Compañía fue restaurada por el Papa Pío VII, pero durante el S. XIX, ella fue asociada con corrientes conservadoras y elitistas por su defensa de la Iglesia y del Vicario de Cristo. El liberalismo, inspirado en los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa, veía en la Iglesia un gran obstáculo en el camino hacia una nueva sociedad humana y secular, en el que la religión fuera relegada al ámbito privado. En América Latina, los liberales buscaron arrebatar el control de la educación a la Iglesia y reducir lo más posible su influencia en la sociedad. Por su parte, la Iglesia mantuvo fuertes vínculos con el antiguo régimen y no logró apreciar los valores positivos del liberalismo de entonces, sobre todo su lucha a favor de la democracia y los derechos humanos. Al contrario, exhortó a los católicos a tomar una postura militante contra el liberalismo, aunque eso significase legitimar monarquías absolutistas.

            En la segunda mitad del S. XX, la Iglesia católica experimentó un cambio radical en su relación con el mundo moderno bajo la guía y la inspiración del Concilio Vaticano II. Al momento de su convocatoria, el Papa San Juan XXIII decía que quería abrir las ventanas de la Iglesia para que ella pueda ver hacia afuera. El Concilio abrió una nueva etapa de relación de la Iglesia con el mundo moderno, en la que ella asumía una actitud más dialogante y positiva para reconocer los valores que aportan la democracia, la libertad política, la autonomía del mundo y los derechos humanos. Asimismo, se declaraba a favor del ecumenismo y del diálogo con las otras religiones no cristianas. Y llamaba a una renovación profunda de su propia institución para hacerla más evangélica, menos clerical, más profética y más fiel al testimonio de su fundador.

El episcopado latinoamericano adoptó las orientaciones del Concilio aplicándolas a la realidad de América Latina. En la Conferencia Episcopal de Medellín, hace 50 años, hizo un fuerte llamado a cambiar las estructuras injustas, a defender los derechos de los pobres y oprimidos y a construir una paz basada en la justicia. En la actualidad, el Papa Francisco, hijo de estas tierras latinoamericanas, está llamando a la Iglesia universal a seguir profundizando en ese camino de una Iglesia en salida hacia las periferias geográficas y existenciales en las que se debate el presente y el futuro de la humanidad.

La Compañía, por su parte, bajo la inspiración del P. Arrupe, que fue elegido Superior General en el año 1965, comenzó una etapa de profundos cambios para adaptarse a la nueva mentalidad y seguir así sirviendo al Señor y a su Iglesia bajo el Vicario de Cristo. A partir de la CG32, en 1975, la Compañía hizo una actualización profunda de su misión en la Iglesia, tratando de responder a las nuevas enseñanzas del Concilio y del Magisterio. El decreto 4 de la CG32 formuló la misión de la Compañía como “el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios” (CG32, d.2, n.2). La CG34 incorporó a esta formulación la necesidad del diálogo con las culturas y con las religiones. Las CCGG 35 y 36 completaron esta actualización de la misión retomando el llamado a la reconciliación que ya estaba presente en el decreto 4 de la CG32, pero desarrollándolo en una triple relación: reconciliación con Dios, reconciliación con unos y otros y reconciliación con la creación. Junto con estas nuevas formulaciones de la misión, las últimas congregaciones generales han impulsado la inculturación de la fe, la profundidad espiritual e intelectual, la colaboración más horizontal con otros en la misión, el discernimiento, la planificación apostólica y el trabajo en redes.

            La Compañía en el Perú ha tratado de seguir con fidelidad el mismo impulso de renovación y actualización de la misión al que nos urge la Iglesia. El servicio de la fe y la promoción de la justicia a favor de la reconciliación han llevado a desarrollar nuevas iniciativas apostólicas en fidelidad creativa a una larga y rica tradición.

En la actualidad, la misión evangelizadora de los pueblos Awajún y Wampis, en la Amazonía del Alto Marañón, y de las comunidades andinas quechuas, en la Provincia de Quispicanchi, Cusco, son una muestra de esa fidelidad creativa con que la Provincia del Perú ha continuado su misión. En dichos lugares, los jesuitas han seguido promoviendo el conocimiento de las lenguas originarias y su enseñanza en las escuelas públicas. Al mismo tiempo, han cultivado el respeto y reconocimiento de la sabiduría ancestral en  medio de los enormes desafíos que significa la penetración de la modernidad y de los procesos de globalización. Para ello siguen apostando por la educación intercultural y bilingüe, haciendo de ella un medio importante para fortalecer la propia identidad cultural en diálogo con la diversidad y también en defensa de la codicia que llega de fuera. Como decía el Papa Francisco a los pueblos amazónicos en Puerto Maldonado: “la única manera de que las culturas no se pierdan es que se mantengan en dinamismo, en constante movimiento”.

Siguiendo el impulso de Medellín, Puebla y Aparecida, la Compañía en el Perú promueve igualmente la defensa de la dignidad y de los derechos fundamentales de los pueblos originarios, mediante el apoyo y fortalecimiento de las organizaciones sociales, la denuncia de abusos y de corrupción, la promoción del buen vivir y la formación de líderes autóctonos que trabajen en favor de sus propios pueblos. En este esfuerzo de inculturación y defensa de los pueblos originarios han destacado nombres como José María Guallart y Manuel García Rendueles en el Alto Marañón y José María García y Peter Hansen en Quispicanchi.

El apostolado educativo ha experimentado del mismo modo una enorme renovación y actualización. La red de colegios e instituciones educativas de Fe y Alegría, así como los Centros Sociales o de Educación Popular, destinados a servir a la población campesina y urbano-emergente, son un ejemplo de ello. A través de ellas, los jesuitas están dando continuidad a la vieja tradición educativa en distintos sectores de la población, pero enfatizando más su compromiso con los más necesitados y promoviendo una mayor conciencia de su dignidad y de sus derechos como personas y como ciudadanos.

Por otra parte, los colegios tradicionales de la Compañía se han abierto a la realidad de injusticia y desigualdad que aún persiste en el país, desarrollando programas y experiencias que permiten a los estudiantes tomar conciencia de esta realidad y reflexionar sobre el llamado a trabajar en su transformación. El sistema educativo de la Ratio Studiorum, basado en las humanidades y en el cultivo de la literatura, la historia y el arte, se ha actualizado mediante la formación ética y ciudadana, el diálogo intercultural y el cultivo del pensamiento crítico. Esta formación humanista renovada sigue siendo el mejor vehículo para comunicar la fe de una forma libre, consciente y responsable. De esa manera, la educación jesuita mantiene su aspiración original de integrar las cuatro dimensiones que el P. Kolvenbach rescataba del P. Ledesma: la utilidad, la justicia, la humanidad y la fe. En el apostolado educativo son reconocidos los aportes de jesuitas como Ricardo Morales, Jesús Herrero y Antonio Bachs.

La última obra importante en haber sido creada en la Provincia es la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en el año 2003. Llevando el nombre del ilustre misionero limeño del siglo XVII, la Ruiz busca recoger la tradición de una atención por el desarrollo humano y social mediante modelos educativos que ayuden a una mayor conciencia de la realidad y de sus necesidades, tanto en las aulas como en la investigación y en la proyección social. El P. Arturo Sosa, actual Superior General que nos visitó el año pasado en estas mismas fechas, recordaba que el apostolado intelectual de la Compañía de Jesús en América Latina se caracteriza por su atención a problemas y situaciones concretas, por el compromiso personal de sus actores y por su trabajo colaborativo y articulado con instituciones diversas de las propiamente educativas.

En ese sentido, la Universidad Ruiz de Montoya viene desarrollando un importante esfuerzo de articulación de su quehacer docente y de investigación con centros sociales, con colegios de Fe y Alegría insertos en comunidades amazónicas y quechuas, con oficinas de atención a migrantes, con programas de cultura de paz, escuelas de reconciliación y de perdón y centros de escucha y atención a personas vulnerables presentes en diversos lugares del país. Asimismo, en colaboración con el Ministerio de Educación, está atendiendo a un número creciente de estudiantes de las regiones más pobres del país, a través del programa Beca 18, y viene desarrollando programas de formación y de capacitación para docentes y directores de alrededor de mil escuelas públicas en las regiones del sur del país.

En su visita, el P. Sosa animaba a la Universidad Ruiz de Montoya a realizar “Un apostolado intelectual que nos hace salir de nuestros edificios y seguridades institucionales, comprometido con la justicia, la reconciliación, la democracia y el desarrollo sostenible de nuestros pueblos como camino a la paz duradera. Una reflexión que nos lleva a tomar posiciones ante situaciones que razonable y evangélicamente son inaceptables a riesgo de sufrir persecución y muerte, conscientes de que en las dificultades se fortalece la reflexión y se confirma la misión”. En este sentido, de un apostolado intelectual y universitario abierto a los desafíos de la sociedad y del país, han destacado rectores y profesores de universidades, como los PP. Rubén Vargas Ugarte, Felipe MacGregor y Vicente Santuc, e investigadores de la talla de Manuel Marzal, Jeffrey Klaiber y Juan Julio Wicht.

            De este modo, la Compañía de Jesús en el Perú, a través de sus diversos ministerios y obras apostólicas, sigue intentado llevar adelante su misión en fidelidad creativa a su carisma fundacional de servir a solo el Señor y a su esposa la Iglesia bajo el Vicario de Cristo.

            Gracias por permitirme compartir con ustedes estas reflexiones y, sobre todo, por el deseo de caminar juntos en la apasionante tarea de humanizar nuestra vida y nuestra historia.

 

Juan Carlos Morante, SJ
22 de Marzo de 2018

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